miércoles 15 de julio de 2009

A un Dios desconocido

¿Qué es la fatalidad? ¿Hasta qué punto interviene la maldad disfrazada de azar en el curso de algunos acontecimientos? Y no invoquéis al destino, porque esa palabra podría resultar ofensiva e hiriente para quienes lo padecen.

En el resumen del año se hablará de Michael Jackson, de los oscars que se llevó Slumdog Millionaire, de la crisis en la que se instaló definitivamente este país, de alguna gesta deportiva. Los titulares tienden a la exhortación, al vocerío, a la contundencia. Pero también a la simplificación y a la banalidad: entre un acontecimiento desagradable y una hazaña futbolera, nueve de cada diez redactores preferirán el himno y la bandera, el furor y la borrachera. Después de todo, hasta los aviones que se pierden en el fondo del mar acaban siendo fotogramas poetizados de restos del fuselaje flotando en las aguas del Atlántico, oda audiovisual salpicada de imágenes de familiares noqueados frente al panel del aeropuerto con el terrible “delayed” parpadeando sin rubor.
Y luego están los sucesos. Los sucesos reveladores, aquellos que sirven para diagnosticar enfermedades que padecemos todos, patologías sociales. Unas veces pasan desapercibidos, otras provocan cierta indignación, aunque nada del otro mundo; se trata de ese escándalo pasajero con el que lapidamos las causas, bajo el que enterramos cualquier atisbo de conciencia. Quizás sea una estrategia de supervivencia. Mientras nos rasgamos las vestiduras nos podemos permitir no pensar en el “¡cómo fue posible!” Porque el culpable nunca puede ser la colectividad: es necesario individualizar, descargar la ira sobre un mortal anónimo. Buscar la tuerca, nunca replantearse el sistema.

Vamos con los hechos. Contados sin ánimo de ser exhaustivo, sintetizados en unas cuantas frases.

Una mujer joven es ingresada en un gran hospital de Madrid. Hasta tres veces pasa por urgencias sin que los médicos sean capaces de diagnosticarle su dolencia. Una dolencia que acaba siendo la mediática gripe A. Dalila (ese era su nombre) termina siendo la primera víctima mortal en nuestro país de eso que la OMS cataloga ya como pandemia.

Dalila se apellidaba Mimouni. Y dirán que eso poco importa, que las enfermedades no distinguen nacionalidades. Puede. Pero de lo que no hay duda es que hasta ahora de la gripe A sólo han muerto pacientes desasistidos, población especialmente vulnerable que ha topado con la indiferencia de sus semejantes o… o directamente con la incompetencia de quienes tenían la obligación de auxiliarles en primera instancia. La nueva gripe raramente resulta mortal. Una vez infectado, tus probabilidades de empeoramiento son función de numerosos factores, si. Pero existe una proporcionalidad inversa entre su proliferación y tu nivel de ingresos. Vamos, que no es enfermedad para pobres.
Dalila estaba embarazada. Dalila era una mujer de 20 años, los cumplió poco antes de fallecer. Dalila era marroquí y llevaba 15 días ingresada en el Gregorio Marañón, una de esas moles hospitalarias que causan más espanto que alivio cuando uno desembarca en ellas. No la ingresaron hasta la cuarta vez que acudió a urgencias, con casi 39 grados de fiebre y una tos que apenas le permitía mantenerse en pie. La última vez que había pasado por allí, salió con una receta minimalista bajo el brazo: paracetamol y antibiótico.

Quizás sólo fuese una acumulación desgraciada de casualidades. Quizás.

El hijo de Dalila nació por parto provocado, tras efectuarle la cesárea a su madre agonizante. Prematuro como fue (28 semanas) permanecía en la UCI de neonatos. Tenía una oportunidad.

Hasta que una enfermera que pasaba su primer día en la unidad de neonatos cometió un error terrible. No era la encargada de medicar y alimentar al crío, pero su supervisora fue requerida en un servicio urgente. Y ella le inyectó leche en vena.

¿Etiopía, finales de los ochenta? No. España, julio de 2009.

El hijo de Dalila se llamaba Rayan. Bueno, o Rayán. O Ryan. Los medios al principio no lo tenían claro, del mismo modo que todavía desconozco si su madre era Dalila o Dalilah. Poco a poco sabremos más de ellos, aunque los focos nunca apuntan al mismo sitio durante más de siete días. Y máxime cuando este sitio es un cementerio, dos tumbas parejas en un pedregal alauita. Algún equipo de reporteros morbosos se desplazará hasta el pueblo que les vio nacer, el padre acabará siendo devorado por algún carroñero con programa a media tarde, psicólogos muy puestos nos hablarán de las secuelas terribles que tendrá sobre su verdugo, una pobre mujer que tuvo la mala suerte de ejercer su profesión en unas condiciones deplorables.

Tras ese bulo histérico que es la gripe A, se esconde la enfermedad que de verdad nos afecta a todos en el primer mundo: la indiferencia, la segregación de los malditos (o sería mejor decir de los maldecidos), la aceptación sin debate público ni marejada intelectual de un sistema de castas, de consolidados y esclavos, de beneficiados y jodidos. La tragedia tiene su epílogo macabro. El dictador con categoría de monarca que gobierna su país, ese país estrangulado por su tupida red de chanchullos, corruptelas y caciquismo vil, decide fletar un avión para repatriar el cuerpo del bebé. Mohammed VI, presidente de la Conferencia Episcopal, rey, presidente del Gobierno, primer banquero, jefe del Estado mayor de la defensa y presidente del Tribunal Supremo del Reino de Marruecos, con un patrimonio personal estimado en más de 1.000 millones de euros. El principal responsable del mantenimiento de una mafia internacional (de capital mayoritariamente francés) que sigue sobreexplotando el territorio y sus recursos, forzando a cientos de miles de sus compatriotas a engrosar las cifras de la inmigración en países cercanos. Un colaborador activo y necesario en el neocolonialismo europeo.

Leo por ahí que el hospital “asume su responsabilidad humana, profesional y patrimonial”. Y mientras converso con ese Dios canalla y omnívoro que nunca contesta, me pregunto a mí mismo qué coño querrá decir eso. Qué tendrá que ver el dinero, la reputación o la humanidad con nada de lo ocurrido. Qué… ¿qué nos pasa?

lunes 6 de julio de 2009

Succiona que algo queda

El vampirismo más canalla vuelve a estar de moda con True Blood, la respuesta adulta al pastel para mocosas que fue Crepúsculo (y lo que está por venir, que hay sustento best-sellero para otra trilogía nefanda).

Los chupasangres han conocido en los últimos tiempos algún acercamiento original, como ese Déjame entrar (Tomas Alfredson, 2008) que nos llegó desde un Estocolmo congelado en el tiempo. Pedir contención en una película de vampiros parece misión imposible, pero esta historia aparentemente anecdótica lograba sus objetivos a base de suspense y sabia dosificación, sin renunciar por ello a tremendos golpes de efecto (véase el ataque de los gatos asesinos y la magnífica escena en la piscina, allá por el final).

Junto con aquella cruzada sacrílega y cafre que fue Vampiros (John Carpenter, 1999), la intelectualizada y brutal The addiction (Abel Ferrara, 1995) o la genuina serie B que emanaba de la muy ignorada 30 días de oscuridad (David Slade, 2007), se cuenta entre lo mejor que ha dado el género en los últimos 20 años, superado el romanticismo barroco y la dictadura del diseño de producción de Drácula de Bram Stoker (Francis Ford Coppola, 1992) y Entrevista con el vampiro (Neil Jordan, 1994).
El año pasado HBO estrenó True Blood (Sangre fresca), una serie que en sus primeras doce entregas ha definido una nueva geografía vampírica: la América profunda y su difícil convivencia con una nueva minoría.

Imagínense la noticia. De la noche a la mañana los vampiros salen del armario y deciden formalizar sus relaciones con los humanos, esa fuente inagotable de placer (sangre, al fin y al cabo) y sufrimiento con la que llevan siglos conviviendo. Los canales de televisión reflejan los acalorados debates que también tiene la gente de a pie: recelos, miedos, ignorancia. La causa vampírica es secundada de inmediato por la América más progresista (todo un tópico en sí misma), mientras activistas a favor de los “no muertos” son entrevistadas en profundidad, cuando no mantienen agrias polémicas con fundamentalistas religiosos.

True Blood se desarrolla en su totalidad en un pequeño pueblo de un condado olvidado, donde los orgullosos descendientes del general Lee y sus muchachos siguen restañándose de sus heridas, sacando a la mínima oportunidad la apolillada bandera con la cruz de San Andrés. Un lugar donde la integración racial sigue teniendo algo de entelequia: una línea aparentemente invisible sigue separando a sus habitantes negros y blancos. La extracción social, los empleos que desarrollan unos y otros, el escaso número de relaciones interraciales… aquí todavía están esperando los cuarenta acres y la mula que se les prometió como indemnización al concluir la Guerra de Secesión.

Entres nostálgicos y exorcistas, entre paletos, adictos y reuniones dominicales. Así es como vive nuestra protagonista, Sookie Stackhouse (una Anna Paquin a la que le separan ya 16 años desde la consecución de su único y excesivo oscar por El pianista (Jane Campion, 1993), pero que apenas cuenta con 27 primaveras…)
Sookie Stackhouse tiene la ingenuidad de una Alicia en el país de las tropelías, vestida siempre con ropa barata pero dispuesta a ser cortés y atenta con los extraños. Vive con su vital abuela y trabaja como camarera en un bar a las afueras del pueblo, regentado por un tipo algo introvertido que la pretende desde tiempo atrás.

Sookie seria razonablemente feliz de no tener un poder maldito: la capacidad de escuchar los pensamientos de la gente. Es así como se entera de todo aquello que preferiría seguir ignorando: de la estrechez mental de sus vecinos, del desarreglo hormonal que provoca en los clientes con sus camisas ajustadas o del miedo que suscita su bien conocido don.

El resto de personajes que orbitan a su alrededor incluyen una amiga con el vocabulario básico de un carretero, un hermano con un pene por cerebro, un sheriff bastante ineficaz y un chico muy resultón y nuevo por esta plaza, que para más señas se llama Bill Compton (un apellido muy Faulkner) y que gusta de beber sucedáneos de la hemoglobina desarrollados por el gobierno japonés.

Es esa nueva bebida que parece calmar la sed de algunos (y que debe de servirse a la consabida temperatura corporal) la que da nombre a la serie: True Blood. En apenas una semana descubriremos cómo se divierten los vampiros, cómo continúan cautivando a los humanos y cómo manejan tópicos y leyendas urbanas en su propio beneficio, al tiempo que las autoridades locales tratan de resolver una virulenta ola de crímenes. También oiremos hablar del Zumo V, una nueva droga que tiene a la sangre de los vampiros como principal elemento activo. ¡Y menudos viajes que proporciona! Cachonda e irreverente, este nuevo Deadwood a lo Mark Twain tiene ecos de Héroes y Californication, pero su propio punto de partida –imaginativo e inverosímil- promete derivar en un pasote global, donde se sucederán los cadáveres, los malos encuentros y la doble moral. Porque True Blood es una serie fresca (veremos si el material aguanta: este verano se emite en EEUU la segunda temporada), que se ríe de la América de McCain y que maneja una teoría inquietante: los vampiros recibirían la misma acogida que la comunidad negra o la homosexual, por la sencilla razón de que la diferencia –a algunos- les provoca un acojone importante.

martes 30 de junio de 2009

Tetro: de atropellos y parricidios frustrados

«Desde joven, quería escribir historias (…) Pero creo que a esa edad las habilidades críticas están más desarrolladas que la creatividad, así que me sentí desolado por mi falta de talento». Francis Ford Coppola.


Y al decimotercer año resucitó. Coppola ha rodado Tetro en su exilio Wong Kar-Waiense, por las aceras de una Buenos Aires convenientemente españolizada. El resultado no es extraordinario, tampoco terrible. Pero es de Coppola y eso solía bastar…

Volvemos al blanco y negro, volvemos a hombres-adolescentes marcados por algún acontecimiento que ellos entienden crucial, perdido allá por su pasado. Y lo hacemos con un Vincent Gallo siempre convincente como loquillo –con nariz aguileña y quijada prominente, ¡habemus desquiciado!-, capaz también de rodar buen cine (Buffalo ’66 (1998)) o de zambullirse con escaso decoro en las aguas del narcisismo con firma (The Brown Bunny (2003)). Su hermanito en esta ocasión no es Nicolas Cage (otro de la familia Coppola al que los oscars lo terminaron de atolondrar), sino un mocoso inédito en la gran pantalla y que responde al nombre de Alden Ehrenreich. No tiene pinta de rebelde, pero entre su perfil barbilampiño y la presentación expresionista, me recordó al Matt Dillon de La ley de la calle (1983), la última gran película de Francis.
Aquí el barrio no pesa tanto. El padre tampoco era un alcohólico, o si lo fue al menos se podía pagar borracheras a base de whisky de 30 años. No, el enésimo reencuentro con “la familia” Coppola tiene lugar entre artistas, cabarets y noches en la ópera. Su pasión por la puesta en escena nos regala homenajes coloristas –a Las Zapatillas rojas (1948) del tándem Powell & Pressburger- y un pater familias al que el éxito ha privado de la capacidad de amar a los suyos. Poder a cambio de principios… ¿les suena?

Carlo Tetrochini se ha hecho un sitio en el mundillo del bel canto, labrándose fama como director de orquesta obsesivo y genialoide. En el camino se ha quedado un hermano y dos hijos, pero como a todo megalómano que se precie eso no parece quitarle el sueño. Seguimos pisando territorio del homenaje y la cinefilia: el Mr. Arkadin wellesiano está detrás de esta celebridad que disfruta encasquetándose su halo de omnipotencia.

Y en estas andamos cuando se topan por el empedrado bonaerense sus dos hijos, fruto de sus relaciones con dos mujeres bien distintas (o eso cree uno de ellos). Un reencuentro en el que el más joven tiene bastantes cosas que decirle al mayor, que voló del nido cuando recién había comenzado su proceso de mitificación. Gallo interpreta a un maldito demasiado parecido a Bolaño, con una obra inédita que no está seguro de querer ver mancillada con su publicación. O eso dice.

Todo ello en una atmósfera muy arty, panorama off dominado por la figura de una Carmen Maura crepuscular. Nuestra Gloria Swanson madrileña –Coppola le regala hasta un descenso de escalinata- parece haberse transmutado en una crítica todopoderosa, que da y quita premios (inmortalidad, piensan algunos) en función de la adoración que le profesen sus interesados protegidos.
También sale nuestra Maribel Verdú –y si, vuelve a enseñar la teta sin venir muy a cuento... y es que nobleza obliga-, haciendo de novia incondicional y con ganas de pasarlo mal. Gallo apenas le ha contado nada sobre su pasado, por lo que desconoce lo poco que tendrá de fraternal la forzada convivencia de los dos hermanos bajo un mismo techo.

El material, a priori, promete. Hay un hijo pródigo (bueno, en realidad, dos), hay destierro, hay desarraigo. Hay varios triángulos (y no precisamente isósceles). Sobrevuela también la fatalidad, en forma de accidente o de premio. Hay reflexión sobre el propio oficio, pero el resultado recuerda más al Fellini desmedido de los últimos tiempos que al Minnelli amargo de los cincuenta y primeros sesenta.

Porque aquí los simbolismos no se manejan con inspiración, resultando toscos y evidentes. Como la irrupción de la crítica (un punto para Coppola por llamarla Alone) en plena representación de Fausta, siendo ella la Mefistofélica oferente de trueques con el alma de por medio. O la doble traición entre hermanos, que recuerda demasiado al affair que se montó en torno a la autoría del guión de Ciudadano Kane. Los personajes argentinos son tópicos en sí mismos (pasionaales, ¡viste!) y algún numerito de tango evoca al Saura folklórico fagocitado por Vittorio Storaro.

No se si serán ticks de la producción o qué, pero en ocasiones –y exceptuando la fotografía- el filme me ha recordado a un anodino producto del cine español, con Colifata, hippismo de descapotable y “me cago en Bush” incluido. Algo no termina de cuajar, algo, en definitiva, hace pecar al conjunto de inverosímil y folletinesco.

En otros momentos Coppola nos deja bien claro su amor al cine, esos guiños que en mayor o menor medida están presentes también en el cine de Scorsese o De Palma. Travellings muy Dreyer, convites con mesas dispuestas a lo Viridiana. Poco, demasiado poco dentro de un conjunto claramente irregular.
Tetro no carece de cierto interés, cosa que no podía decirse de Cotton Club (1984), Jack (1996) o The Rainmaker (1998). Tampoco puede englobase dentro de sus filmes más deliciosamente fallidos (Corazonada (1982) o Tucker, un hombre y su sueño (1988)). Más bien le ocurre como a Jardines de piedra (1987), una historia redundante que funcionaba como eco insípido de la brutal Apocalypse Now (1979). Porque a Tetro se le hubiesen perdonado muchos defectos de no existir Rebeldes (1983) y La ley de la calle (1983).

Pero el apellido Coppola pesa todavía más que el Tetrochini. Aunque sea él mismo quien pretenda ignorarlo, aunque se empeñe en hacer cosas que nunca se le dieron especialmente bien (como el escribir guiones, ¡cabezota!) El arte de Coppola ha sido y será visual, por mucho que ponga ahora su cámara al servicio de historias mínimas más propias de amateur aspirando a ganar los juegos florales del barrio.

¿O sería que el talento de Coppola consistía únicamente en saber rodearse de gente con más talento que él mismo?

miércoles 24 de junio de 2009

Me gusta Ozu, pero...

«Los filmes con estructura dramática acusada me cansan. Está claro que un filme ha de tener una estructura, pero no es bueno que destaque demasiado el drama» Jasujiro Ozu.


Jasujiro Ozu fue uno de los forjadores de eso que se ha dado en llamar el cine japonés canónico. De existir todavía una jerarquía esta se correspondería con el orden en que fueron descubiertos en Europa dichos autores. ¿Conocen el triunvirato que conforma el canon occidental? Kurosawa, Mizoguchi y Ozu. Tan diferentes, tan parecidos. Y si no, ahí va una salva de bienvenida, un quiz de referencias cruzadas: Vida de O-Haru, mujer galante (Kenji Mizoguchi, 1952) podría pasar por un Ozu y La calle de la vergüenza (Kenji Mizoguchi, 1956) por un Naruse. Y la última película de Kurosawa (Madadayo, 1993) hubiese podido ser un digno título de Ozu, de haber gozado de una vida tan longeva como el Emperador.

Para no confundirles, les confesaré de antemano que mis favoritos son Akira Kurosawa y Mikio Naruse. Este último había ejercido de “tapado” hasta su incorporación al grupo de cabecera a mediados de los ochenta, tras su descubrimiento por la tortuosa vía de la retrospectiva festivalera. Para el público en general, iniciativas como la de Filmax Home Video y sus ediciones de Maestros del Cine Japonés nos permitieron saber del más moderno entre los de antaño, del responsable de joyas del calibre de La madre (1952), La voz de la montaña (1954), Cuando una mujer sube la escalera (1960) o Nubes dispersas (1967).

Con Yasujiro Ozu (1903-1963) tengo un problema de atención, si ustedes quieren. Se resume fácilmente: reconozco su arte y valoro su proverbial manía convertida en método cinematográfico (¿alguien no ha oído hablar de que emplazaba la cámara adoptando el punto de vista de un testigo mudo que estuviese sentado en el tatami a la manera japonesa?), pero una infranqueable barrera de frialdad me impide emocionarme con sus historias. Algo que si consigue su supuesto homólogo norteamericano John Ford, con el que se le buscan –y con cierta cabezonería, habría que decir- paralelismos y concomitancias impostadas.

Tiene que ver con su forma de hacer cine, lo sé. Esa “forma” que tanto envelesa a algunos y que, en mi caso, tanto me aparta de lo que me cuentan. La supuesta discreción y austeridad de Ozu me ha acabado pareciendo extravagancia; esos contornos de mesas y sillas difuminados por la cercanía de la lente parecen subrayar aquello que debería de pasar inadvertido: la posición del observador, el embuste del captador de imágenes. Esos planos de transición o de recurso tan de escuela de arquitectura y que por sí mismos siempre me han parecido merecedores de alguna exposición: bloques de edificios de oficinas, desolados postes telegráficos, callejuelas desérticas con tres o cuatro restaurantes a banda y banda, pasillos con puertas separadoras de papel de arroz y la inevitable tetera roja en el extremo inferior izquierdo.
De Ozu se conservan únicamente 33 de las 53 películas que filmó a partir de 1927 (es lo que tenían los bombardeos indiscriminados con artefactos incendiarios en los estertores de la Segunda Guerra Mundial). La mitad de su filmografía –esa definitivamente condenada al olvido- la rodó en los primeros cinco años de oficio.

No seré yo quién arroje sombras sobre He nacido, pero… (1932), Había un padre (1942) o Cuentos de Tokio (1953), obras magníficas, cine del grande. Pero créanme que el resto de lo que he podido ver de su filmografía me resulta indistinguible (a excepción de los niños de Buenos días (1959), tan escatológicos ellos).

En mi cabeza se entremezclan los argumentos hasta tal punto que debo acudir a alguna guía de referencia para distinguir las tramas. Los conflictos siempre acostumbran a ser los mismos: choque de trenes entre Oriente y Occidente, la tradición y la madre que la parió, la modernidad que pervierte la esencia del Japón inmortal (¡otra vez!), las hijas díscolas a las que ahora les da por casarse con quién ellas quieren y no con quién papá dice, los coetáneos del director que arrastran algún que otro trauma de guerra y que se ponen muy melancólicos y cantarines cuando se juntan cada año y el sake corre que no veas...

Entre eso y que las traducciones españolas de sus películas siempre mezclan alguna estación del año con algo de comer, el lío es monumental. Ala, les reto a que hagan memoria y recuerden a las heroínas o cabezas de familia de Primavera tardía (1949), Las hermanas Munagaka (1950), El saber del té verde con arroz (1952) –a la que también se le conoce por El trigo de otoño-, Flores de equinoccio (1958), Las hierbas flotantes (1959), Otoño tardío (1960) o El sabor del sake (1962). Un auténtico galimatías al que no ayuda el hecho de que Ozu trabajase casi siempre con los mismos actores (entre ellos, Chishu Ryu o Setsuko Hara). El que aquí desarrolla un rol principal, allí es un secundario de lujo. La hija de esta acabará siendo la madre de la otra. El padre humilde se troca en director general… Como me ocurre con algunos grandes pintores que no me gustan, lo que a Ozu jamás le negaré es su condición de único, de distinto, de anomalía atemporal. Seguiré viendo sus películas a pesar de que tan pocas sorpresas deparen a nivel argumental (a los diez minutos de comenzadas uno puede adelantar un posible desenlace que se asemejará bastante con el definitivo), a pesar de que me resulte prácticamente imposible acabarlas de una sola tacada (ver películas a partir de ciertas horas de la noche y sin el estado de ánimo apropiado es más bien contraproducente, como el intentar leer ciertos libros mientras uno viaja en el metropolitano).

Y no, no es que le esté dando una segunda oportunidad a Yasujiro. Más bien es su cine es el que me la concede… ¿estaré a la altura?

lunes 15 de junio de 2009

Barcelona a mediados de junio

Permítanme el arrebato impresionista centrado en mi propia ciudad, en estas calles que constituyen la única cosa a la que tendría el mal gusto de llamar patria. (Y no confundir esto último con patriotismo que, como bien decía Kirk Douglas en Senderos de gloria, es el último refugio de los canallas). Un sentimiento de pertenencia trasnochado y tribal, por supuesto. Pero es que ese gran accidente que constituye el nacer aquí o allá, acaba por definir tantas cosas de lo que somos o de lo que queremos aparentar ser…
Pásmense. Ayer me sorprendí a mí mismo paseando por el centro a media tarde, con la mirada traviesa del recién llegado. Me faltaba la cámara Nikon, la piel enrojecida y las sandalias con calcetines, pero compartía con ellos esa estúpida sonrisa que se nos dibuja cuando llegamos a sitios donde nunca habíamos estado antes (el quirófano de urgencias por aquella apendicitis no cuenta). Y créanme que no había nada excesivamente nuevo, que todavía puedo reconocer la mayoría de los lugares (a pesar de Richard Rogers y sus serviles vasallos de la consejería de urbanismo). Las calles eran las mismas donde tuve mi tardía educación sentimental, por donde me dejé arrastrar en mi adolescencia revenida, tan terriblemente centrada ella, sin traumas, camisas negras ni tachuelas. Ay, con lo arrebatador que hubiese sido el tener un pasado de artista torturado… mis biógrafos jamás me lo perdonarán.

Mediados de junio. La canícula todavía no se ha enseñoreado de la urbe –oficialmente, ni estamos en verano- pero por estas latitudes el tiempo acostumbra a avisar, ofreciendo un adelanto de lo que en pocas semanas nos espera a todos. El que avisa puede ser igualmente traidor… pero avisa, que ya es algo. ¿Y qué será, será? Pues lo de cada año: sudores que convierten cualquier trayecto a pleno sol en un saltar de sombra en sombra, de marquesina a marquesina, de chorro de aire acondicionado a insignificante brisa marina y tiro porque me toca.

Son meses en los que firmamos un contrato de arrendamiento, cediendo en usufructo la ciudad a otros. A los curiosos, a los que están de paso, a los que disfrutan con su condición de turistas. Pero eso equivale a decir que en algún otro momento la ciudad nos pertenece o pasa por nuestra… y desgraciadamente, ya no es así.

El centro de Barcelona es una utopía malbaratada y finalmente perdida, una ciudad abierta –dirán unos- o un territorio de nadie –dirán los otros-. Es un orgullo cosmopolita que los de aquí ya sólo vemos en los telediarios, cuando la televisión autonómica anuncia orgullosa el número de pernoctas, de euros gastados por día de estancia, de los millones de visitantes que decidieron dignificar su vergonzante plan de sol y playa con un par de edificios de Gaudí, una fuente luminosa y una de tapas por el Borne. Tan edificante como los lemas de las toallas que venden como souvenirs en las localidades costeras y donde se resume la cultura patria con un trinomio chabacano.
El barcelonés tiene bien presente ese mapa de la ciudad de los servicios, de la tarjeta postal allenesca y del violinista en el tejado. Las terrazas en las que uno no debe de parar a tomar siquiera un cortado, por mayúscula que sea la necesidad que te impulse a buscar cobijo o taza de water. Los locales con banderitas del Reino Unido, Francia o Italia también son de temer: los menús en media docena de idiomas europeos son indicativo de don de lenguas, sí, pero también de un sobreprecio abusivo. Porque esto es Barcelona y… yes, we can.

El año pasado, a 9.000 kilómetros de estas tierras, una vendedora de perfumes en un outlet de Las Vegas casi tuvo un orgasmo al saber que aquél tipo con pinta de chicano en realidad procedía de Barcelona, Europe. Cerca de Point Reyes, en San Francisco, una californiana con el síndrome de Estocolmo había convertido su semana en Barcelona en una catarsis intelectiva, mientras mamá le apremiaba para que cerrase la maleta para continuar con su grand tour. Tras una conversación surrealista donde se me aconsejó que llenase un tonel con semillas por lo que pudiera pasar (sí, aquella brillante dama no había quedado exenta de los efectos del LSD) acabé tratando de situar un café de artistas donde aquella mujer se había codeado con el “quién es quién” de la bohemia condal hacía… seis décadas.

Barcelona es un milagro del marketing. ¿Es una ciudad hermosa? Nací en ella, así que podría enumerar dos docenas de lugares que sí me lo parecen. ¿Es excepcional, inigualable? Con lo poco que he viajado puedo contestar rápidamente a esa pregunta: no.

Pero supo aprovechar su momentazo olímpico y lo cierto es que a día de hoy es un destino ansiado, un caramelo que debe estar incluido en el recorrido de cualquier crucero, de cualquier ajetreado acercamiento al Viejo Continente (si hoy es miércoles esto es la Sagrada Familia).

Así que cuando veo a esas legiones de nipones con sus auriculares, precedidos por la guía con su incomparable paraguas de topos rojos, me congratulo de la chamba, de las circunstancias que convirtieron a Barcelona en marca con copyright. Apoteosis del diseño, cumbre del modernismo, pequeño París crecido o el mayor prostíbulo a cielo abierto de Europa (hablo de Las Ramblas). Que cada cuál se invente su frase promocional. Mi Barcelona a mediados de junio es un taxista discutiendo con otro delante de El Corte Inglés de plaza Catalunya. Es un garajista de palillo en boca recitando barbaridades al paso de una extranjera minifaldera. Es una gitana haciendo negocio con el tópico, disfrazada con el vestido de faralaes, esperpento de pandereta y fino La Ina. Es un pakistaní vendiendo cervezas cuando uno todavía está digiriendo el almuerzo; un senegalés con la mano en el cordel, presto a echarse el fardo al hombro y salir corriendo con sus Dolce & Gabbana de cinco euros. Barcelona a una semana de la noche del fuego y el petardazo es una merienda anticrisis que incluye zumo y ensaimada o chocolate con churros por tres cuarenta. Es un anarquista italiano trastabillándose consigo mismo, seguido por cuatro o cinco canes pulgosos. Un termómetro que se acerca a los treinta en Puerta del Ángel. Un grupo de jazz pretendiendo improvisar, dos chicos besándose al salir de un Zara, siete belgas que se gustan tras sus gafas oscuras, un mochilero que se quedó sin dinero y busca subvención en monedas de céntimo, pasquines de un afamado guitarrista que interpreta el Concierto de Aranjuez cada hora y media, un semáforo interminable y tiendas que cierran pasadas las diez.

Si todavía no la conocen, no seré yo quién les conmine a que se vengan unos días en plena temporada alta. ¡No, por favor! Mediado el mes de junio esta ciudad cuelga el cartel de “completo”. En lo posible, eviten la Barcelona del escaparate, la tramoya y el happening subvencionado. Hasta finales de septiembre, visiten Asturias. Es un consejo de amigo.

lunes 8 de junio de 2009

¿Conocen a Benno von Archimboldi?

«Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento». Charles Baudelaire.


Hay libros que transmiten una aplastante sensación de superioridad, de haber querido totalizar, abarcar y resumir el mundo. Autores de esos dispuestos a trazar una raya en el suelo, a delimitar el terreno que separa al resto, a los demás, a los otros… de uno mismo. Entendiéndose uno mismo como el verdadero, el único, el inclasificable. Trileros a veces geniales pero conscientes en todo momento de estar haciendo algo diferente, de poder y querer rizar el rizo de la novelística, de esa narrativa a la que llevan más de un siglo dando por muerta.

Y aún con todo, digo, uno no deja de llevarse sorpresas. La última se llama Roberto Bolaño, un chileno de ninguna parte que atracó un feliz día en nuestras costas.
A Roberto me acerqué con cautela, con las suspicacias habituales cuando interrumpo las lecturas importantes (que son siempre las de antes, lo siento) para intercalar a un autor contemporáneo. Lo reconozco: soy un necrófilo recalcitrante, cuyos ídolos llevan décadas enterrados… cuando no siglos. Y esta monomanía mía –a medio camino entre el pestilente elitismo y el snobismo, ¡justamente!, tan post-moderno él- me lleva a establecer continuamente malévolas comparaciones de las cuales –obvio es el decirlo- muy pocos de “los nuevos” salen airosos.

Ocurre un poco como en el cine: después de ver varias obras maestras muy seguidas en el tiempo, hasta las películas que rozan el notable corren el peligro de ser tratadas injustamente, de quedar lapidadas bajo el peso de nuestras expectativas, de nuestros sentidos exacerbados. Y es que cuando uno se ha aficionado a las grandes Ligas (Faulkner, Joyce, Capote, Woolf, Conrad, Camus, Baroja y tres mil ochocientos por descubrir) cualquier otro que te haga abandonar el nirvana para caer de bruces sobre el duro asfalto de lo previsible corre el peligro de ser tildado de estafador, de juntaletras que le distrae a uno de eso tan pomposo –pero la mar de tangible- que es la gran literatura.

Bolaño me sonaba a fraude editorial, a malditismo diseñado en despachos. Lo tenía todo: una muerte prematura sin haber alcanzado el reconocimiento unánime del que ahora goza (de hecho, él mismo estaba convencido de que moriría inédito) y un montón de historias que van siendo publicadas póstumamente (y a un sospechoso ritmo anual). Si en verdad todo aquello había salido de su pluma, ¿quién se atrevía a manejar tan ingente material y dar por terminadas novelas apenas esbozadas, personajes desdibujados que desaparecían en mitad de tramas inconclusas?

No me gusta andarme con chiquitas, así que me lancé sobre el título de su producción que a priori parecía el idóneo para forjase una opinión de tertuliano, cubriendo los miserables mínimos que se autoimponen los enteradillos como yo, que se pasean por las novedades de las editoriales de bolsillo de la FNAC y creen abarcar el orbe literario todo.
2666. Así, tal y como suena. Tan enigmático como los títulos de las películas de Lynch. Cuatro cifras, cuatro, que podían designar una cantidad, un año, un recuento. Con una terminación de esas que despierta la simpatía del Diablo y que aseguraba el surgimiento de una legión de exégetas dispuestos a bucear durante lustros por su obra anterior, inminente o todavía inédita, en pos de… una explicación. Es decir, una simplificación. Oh, ¡qué mal gusto!

2666 son cinco novelas, cinco historias que cogidas por separado resultarían igualmente potentes. Pero es que compiladas bajo una misma cubierta resultan además inquietantes por su unidad temática.

Personajes limítrofes en alguna de las partes juegan un papel más importante en otra. Pero olvídense de las conjuras milimétricamente calculadas, de los protagonistas monolíticos de best-sellers que a los tres meses ya tienen su adaptación cinematográfica, de las historias que se van cerrando una detrás de otra cuál muñecas rusas, en un orden minuciosamente establecido por un escritor Deus Ex Machina (¿hay alguno que no ejerza de tal?)

No, 2666 son cinco historias imperfectas, algo toscas, sin desbastar. En bruto. ¿Inacabadas, dirás? Puede. Ignoro el grado de pulido al que habían sido sometidas por su autor (y a este respecto, disculpen que no confíe de los testimonios –a la fuerza interesados- de editores o herederos).

Cinco pedantes mayormente vacíos, deslumbrados ante el misterio de un autor críptico, de un demiurgo que prefiere permaneces entre las sombras. ‘La parte de los críticos’ (así se llama la primera de las cinco partes del libro) hubiese podido ser otro ejercicio intelectualoide en las manos de un Umberto Eco. Pero no, se queda en un pulso amoroso entre analfabetos emocionales, sobrecualificados en cualquier otra disciplina de la vida. El camino, por primera vez, se acaba en México, en una ciudad peckinpaniana donde asesinan a mujeres.
‘La parte de Amalfitano’ es un melodrama de exilios y romances imposibles. Un argumento con el que Almodóvar podría hacer algo grande, por cierto. Un padre, una hija, miles de kilómetros de distancia. Cerca de la frontera, encima mismo del cementerio donde siguen enterrando a adolescentes, apenas niñas. La congoja crece, así como el absoluto convencimiento por parte del lector de que a nadie le importa un carajo.

‘La parte de Fate’ es un Hammett disperso, un policiaco con otro héroe por accidente cubriendo una noticia que no le interesa en una ciudad hostil. Siguiendo con los símiles cinematográficos, es como si Barton Fink se hubiese colado en un filme de Brian de Palma. Los asesinos siguen entre nosotros, aunque las primeras pesquisas señalen a un gigante con genes europeos…

‘La parte de los crímenes’ es la más árida, la más amarga. Un goteo macabro de identidades confusas, de violaciones sin violador, de crímenes sin castigo. Los protagonistas (policías, ex–hampones, profesoras, videntes) asisten impotentes a la ceremonia oficiada por aztecas sin alma ni corazón. La sangre sigue derramándose, pero esta vez no hay que buscar en pirámides engullidas por la selva. Lo más terrible es que no hay ninguna espiritualidad con la que justificar nuestras barbaridades. Lo más terrible de 2666, es que no hay siquiera un Dios al que maldecir. Y para concluir, ‘La parte de Archimboldi’. Benno von Archimboldi, por supuesto. El autor que huye de sus libros, el centro neurálgico de la novela. Nos esperamos un Hannibal Lecter, un Keyser Söze escogido al azar de entre los sospechosos habituales. Debe de esconder un gran secreto. Debe de conocer, de tener la gracia. Es la clave de algo. De lo contrario… ¿qué he estado haciendo durante más de 1.100 páginas si no aguardar un desenlace espatarrante?

Señores, ustedes deciden. Inacabada o redonda, 2666 es un calidoscopio de personajes desnortados, de humanidades aisladas. Depresiones cultivadas en silencio en uno de los lugares donde se concentra el oprobio de eso que algunos ingenuos todavía denominan civilización.

No, Bolaño no deja que sus personajes hagan muchas preguntas. Y la única respuesta que él se aventura a dar es desarmante: «no sé».

lunes 1 de junio de 2009

Asuntos de familia

Se han podido ver (¡miento!: una de ellas todavía vive sin vivir en sí, pendiente de estreno tras su aclamado doble pase en el Festival de Cine Asiático de Barcelona) dos historias, digo, concentradas temporalmente en poco más de un fin de semana y con un argumento muy trillado: la dichosa familia, el peso del pasado y la infalibilidad de la muerte.

Hablo de Cuento de Navidad (Arnaud Desplechin, 2008) y Still Walking (Hirokazu Koreeda, 2008), películas que demuestran oficio, perfección formal y pasión por los clásicos (sin renunciar una de ellas a curiosas virguerías narrativas) y que reivindican, en resumidas cuentas, el peso específico de un buen guión en filmes que unánimemente podemos considerar como memorables. Porque lo digo desde ya mismo: estamos ante gran cine imaginado desde dos continentes bien lejanos pero con unas intenciones claramente parejas. Un díptico que se retroalimenta, dos películas en constante diálogo que proyectan la imagen especular de una realidad cercana… inquietantemente próxima.

En ambas historias circula una ‘corriente de amor’ que diría Cassavettes, una ausencia dolorosa (los ‘puretas’ estarán pensando en Rebeca, los modernos en la Kawase), una idealización construida por madres heridas ante la crueldad intolerable de tener que enterrar a un hijo.
En Cuento de Navidad, la cada vez menos gélida Deneuve reúne a su prole en una de esas mistificadas fechas que sirven de coartada para intentar perdonarlo casi todo. Aunque sea un nieto el catalizador de este denostado reencuentro entre el núcleo duro de la familia (representado por Elizabeth, una primogénita rencorosa) y la oveja negra desterrada (Henri, un hijo bon vivant pero con complejo de culpa). Entre otros testigos más o menos mudos destacan el padre y un tercer hijo salvado de la locura por un amor compartido.

En el filme francés, el hijo murió décadas atrás. La clave está en los genes: ese azar de la naturaleza que parece haber favorecido y maldecido por igual a esta estirpe. Por un lado, la genialidad. Y por otro, una extraña enfermedad hereditaria que afectó al primer varón y que empujó a la angustiada madre a tener más descendencia, con la esperanza de que ese nuevo ser le salvase la vida al desafortunado en la lotería mendeliana. Pero no hubo compatibilidad y esa censura callada pesará siempre sobre Henri (un espléndido Mathieu Amalric, que últimamente parece estar en todas las propuestas de riesgo del cine galo), concebido para curar a un hermano y soportado –tras el deceso de este- como un fardo no deseado, como un antídoto que no funcionó y al que ahora debemos de ver cada día, reliquia viva de nuestra desgracia.

Complejísimos sentimientos se entremezclan. Elizabeth ha asumido su papel de ángel vengador, mano ejecutora de una madre traumatizada por una muerte y una consecuencia de la misma: no poder amar a su siguiente hijo. Henri se deleita también en su papel de víctima propiciatoria, de coro de tragedia griega. Está dispuesto a caer tan bajo como sea necesario con tal de purgar una falta que no comprende.

La reunión familiar no cambiará nada, aunque ahora Henri tenga la oportunidad de salvar a su madre, sabiendo que ningún sacrificio podrá exonerarlo ante sus ojos. Asume el rechazo, del mismo modo que el nieto aprende a convivir con su desequilibrio mental e Iván (el hijo pequeño) descubre que va a tener que compartir con su primo algo más que los discos que pincha… Still Walking, la otra propuesta de ‘drama indoor’, es más contenida, menos pirotécnica que su gemela Cuento de Navidad. Intimista, reposada… japonesa, vamos. De esas películas que un crítico en plantilla despacharía con un "igualico que Ozu, señores” (que ya son ganas de decir poco de una película de la que tanto se puede hablar.)

Los Yokoyama se reúnen ya apenas un par de veces al año. Entre otras cosas, para rendir homenaje a sus muertos ante el altar familiar: el más reciente, un hijo perdido mientras trataba de socorrer a un extraño.

Los padres conforman una familia con los roles tradicionales perfectamente asumidos: él, medico de cierto prestigio, ella, ama de casa a perpetuidad. Él, frustrado por no haber logrado transmitirle su oficio al hijo mayor, que ha optado por el arte (el mayor de los insultos para un científico). Ella, frustrada por un montón de motivos: por las infidelidades que le tuvo que soportar a él, por perder un hijo en beneficio de alguien que considera –sin andar muy errada- un perfecto inútil, por la amenaza de ver ocupada su casa por la hija y su displicente marido...

Los rencores soterrados son múltiples y entrecruzados. Un padre resentido por tener que cerrar la consulta al carecer de un heredero digno. El hijo, dedicado a la restauración de pinturas e incapaz de reconocer su actual estado laboral (parado) con tal de no ser objeto de la mofa paterna (el temible «ya te lo decía yo»). Para más inri, su actual pareja es una viuda con un hijo de su anterior relación. Ni que decir tiene que la suegra no se lo va a poner fácil…

Una hermana positiva y vivaracha, en contraposición a una madre escéptica y curada de espanto. Y un extraño. Sí, aquél extraño que le costó la vida a su hijo. Invitado año tras año a presentar sus respetos al fenecido en uno de los más hermosos y retorcidos actos de venganza vistos en la pantalla grande.

Cuento de Navidad y Still Walking retoman el placer de contar historias sencillas, de releer las cartas de la abuela y tratar de deshacer el nudo gordiano de nuestra personalidad, resultado de tantas casualidades y accidentes emocionales. Nos invitan a mirar hacia atrás no en busca del trauma freudiano, sino de la paz que puede alcanzarse tras juntar cuatro piezas del puzzle de la sangre. Una victoria pírrica: la de asumir el propio pedigrí y echarse una carcajada a su costa. Historias, en definitiva, de esa gente a la que nos vemos atada de nacimiento, por real decreto, sin comerlo ni beberlo. Esa familia que cada cuál arrastra detrás suyo como buenamente puede, cordón umbilical que gira y se retuerce en torno a nuestro pasado, nuestro presente, nuestro lugar en el mundo.

Esa fatua percepción de la eternidad que se nos viene abajo al comprobar que desconocemos el nombre de nuestros bisabuelos; que el olvido, a la postre, convierte en ridículos nuestros odios intestinos hacia seres que sólo han cometido un error: parecerse demasiado a nosotros mismos.