En el resumen del año se hablará de Michael Jackson, de los oscars que se llevó Slumdog Millionaire, de la crisis en la que se instaló definitivamente este país, de alguna gesta deportiva. Los titulares tienden a la exhortación, al vocerío, a la contundencia. Pero también a la simplificación y a la banalidad: entre un acontecimiento desagradable y una hazaña futbolera, nueve de cada diez redactores preferirán el himno y la bandera, el furor y la borrachera. Después de todo, hasta los aviones que se pierden en el fondo del mar acaban siendo fotogramas poetizados de restos del fuselaje flotando en las aguas del Atlántico, oda audiovisual salpicada de imágenes de familiares noqueados frente al panel del aeropuerto con el terrible “delayed” parpadeando sin rubor.
Y luego están los sucesos. Los sucesos reveladores, aquellos que sirven para diagnosticar enfermedades que padecemos todos, patologías sociales. Unas veces pasan desapercibidos, otras provocan cierta indignación, aunque nada del otro mundo; se trata de ese escándalo pasajero con el que lapidamos las causas, bajo el que enterramos cualquier atisbo de conciencia. Quizás sea una estrategia de supervivencia. Mientras nos rasgamos las vestiduras nos podemos permitir no pensar en el “¡cómo fue posible!” Porque el culpable nunca puede ser la colectividad: es necesario individualizar, descargar la ira sobre un mortal anónimo. Buscar la tuerca, nunca replantearse el sistema.Vamos con los hechos. Contados sin ánimo de ser exhaustivo, sintetizados en unas cuantas frases.
Una mujer joven es ingresada en un gran hospital de Madrid. Hasta tres veces pasa por urgencias sin que los médicos sean capaces de diagnosticarle su dolencia. Una dolencia que acaba siendo la mediática gripe A. Dalila (ese era su nombre) termina siendo la primera víctima mortal en nuestro país de eso que la OMS cataloga ya como pandemia.
Dalila se apellidaba Mimouni. Y dirán que eso poco importa, que las enfermedades no distinguen nacionalidades. Puede. Pero de lo que no hay duda es que hasta ahora de la gripe A sólo han muerto pacientes desasistidos, población especialmente vulnerable que ha topado con la indiferencia de sus semejantes o… o directamente con la incompetencia de quienes tenían la obligación de auxiliarles en primera instancia. La nueva gripe raramente resulta mortal. Una vez infectado, tus probabilidades de empeoramiento son función de numerosos factores, si. Pero existe una proporcionalidad inversa entre su proliferación y tu nivel de ingresos. Vamos, que no es enfermedad para pobres.
Dalila estaba embarazada. Dalila era una mujer de 20 años, los cumplió poco antes de fallecer. Dalila era marroquí y llevaba 15 días ingresada en el Gregorio Marañón, una de esas moles hospitalarias que causan más espanto que alivio cuando uno desembarca en ellas. No la ingresaron hasta la cuarta vez que acudió a urgencias, con casi 39 grados de fiebre y una tos que apenas le permitía mantenerse en pie. La última vez que había pasado por allí, salió con una receta minimalista bajo el brazo: paracetamol y antibiótico.Quizás sólo fuese una acumulación desgraciada de casualidades. Quizás.
El hijo de Dalila nació por parto provocado, tras efectuarle la cesárea a su madre agonizante. Prematuro como fue (28 semanas) permanecía en la UCI de neonatos. Tenía una oportunidad.
Hasta que una enfermera que pasaba su primer día en la unidad de neonatos cometió un error terrible. No era la encargada de medicar y alimentar al crío, pero su supervisora fue requerida en un servicio urgente. Y ella le inyectó leche en vena.
¿Etiopía, finales de los ochenta? No. España, julio de 2009.
El hijo de Dalila se llamaba Rayan. Bueno, o Rayán. O Ryan. Los medios al principio no lo tenían claro, del mismo modo que todavía desconozco si su madre era Dalila o Dalilah. Poco a poco sabremos más de ellos, aunque los focos nunca apuntan al mismo sitio durante más de siete días. Y máxime cuando este sitio es un cementerio, dos tumbas parejas en un pedregal alauita. Algún equipo de reporteros morbosos se desplazará hasta el pueblo que les vio nacer, el padre acabará siendo devorado por algún carroñero con programa a media tarde, psicólogos muy puestos nos hablarán de las secuelas terribles que tendrá sobre su verdugo, una pobre mujer que tuvo la mala suerte de ejercer su profesión en unas condiciones deplorables.
Tras ese bulo histérico que es la gripe A, se esconde la enfermedad que de verdad nos afecta a todos en el primer mundo: la indiferencia, la segregación de los malditos (o sería mejor decir de los maldecidos), la aceptación sin debate público ni marejada intelectual de un sistema de castas, de consolidados y esclavos, de beneficiados y jodidos.
La tragedia tiene su epílogo macabro. El dictador con categoría de monarca que gobierna su país, ese país estrangulado por su tupida red de chanchullos, corruptelas y caciquismo vil, decide fletar un avión para repatriar el cuerpo del bebé. Mohammed VI, presidente de la Conferencia Episcopal, rey, presidente del Gobierno, primer banquero, jefe del Estado mayor de la defensa y presidente del Tribunal Supremo del Reino de Marruecos, con un patrimonio personal estimado en más de 1.000 millones de euros. El principal responsable del mantenimiento de una mafia internacional (de capital mayoritariamente francés) que sigue sobreexplotando el territorio y sus recursos, forzando a cientos de miles de sus compatriotas a engrosar las cifras de la inmigración en países cercanos. Un colaborador activo y necesario en el neocolonialismo europeo.Leo por ahí que el hospital “asume su responsabilidad humana, profesional y patrimonial”. Y mientras converso con ese Dios canalla y omnívoro que nunca contesta, me pregunto a mí mismo qué coño querrá decir eso. Qué tendrá que ver el dinero, la reputación o la humanidad con nada de lo ocurrido. Qué… ¿qué nos pasa?
El año pasado HBO estrenó True Blood (Sangre fresca), una serie que en sus primeras doce entregas ha definido una nueva geografía vampírica: la América profunda y su difícil convivencia con una nueva minoría.
Sookie Stackhouse tiene la ingenuidad de una Alicia en el país de las tropelías, vestida siempre con ropa barata pero dispuesta a ser cortés y atenta con los extraños. Vive con su vital abuela y trabaja como camarera en un bar a las afueras del pueblo, regentado por un tipo algo introvertido que la pretende desde tiempo atrás.
Cachonda e irreverente, este nuevo Deadwood a lo Mark Twain tiene ecos de Héroes y Californication, pero su propio punto de partida –imaginativo e inverosímil- promete derivar en un pasote global, donde se sucederán los cadáveres, los malos encuentros y la doble moral. Porque True Blood es una serie fresca (veremos si el material aguanta: este verano se emite en EEUU la segunda temporada), que se ríe de la América de McCain y que maneja una teoría inquietante: los vampiros recibirían la misma acogida que la comunidad negra o la homosexual, por la sencilla razón de que la diferencia –a algunos- les provoca un acojone importante.
Aquí el barrio no pesa tanto. El padre tampoco era un alcohólico, o si lo fue al menos se podía pagar borracheras a base de whisky de 30 años. No, el enésimo reencuentro con “la familia” Coppola tiene lugar entre artistas, cabarets y noches en la ópera. Su pasión por la puesta en escena nos regala homenajes coloristas –a Las Zapatillas rojas (1948) del tándem Powell & Pressburger- y un pater familias al que el éxito ha privado de la capacidad de amar a los suyos. Poder a cambio de principios… ¿les suena?
También sale nuestra Maribel Verdú –y si, vuelve a enseñar la teta sin venir muy a cuento... y es que nobleza obliga-, haciendo de novia incondicional y con ganas de pasarlo mal. Gallo apenas le ha contado nada sobre su pasado, por lo que desconoce lo poco que tendrá de fraternal la forzada convivencia de los dos hermanos bajo un mismo techo.
Tetro no carece de cierto interés, cosa que no podía decirse de Cotton Club (1984), Jack (1996) o The Rainmaker (1998). Tampoco puede englobase dentro de sus filmes más deliciosamente fallidos (Corazonada (1982) o Tucker, un hombre y su sueño (1988)). Más bien le ocurre como a Jardines de piedra (1987), una historia redundante que funcionaba como eco insípido de la brutal Apocalypse Now (1979). Porque a Tetro se le hubiesen perdonado muchos defectos de no existir Rebeldes (1983) y La ley de la calle (1983).
Para no confundirles, les confesaré de antemano que mis favoritos son Akira Kurosawa y Mikio Naruse. Este último había ejercido de “tapado” hasta su incorporación al grupo de cabecera a mediados de los ochenta, tras su descubrimiento por la tortuosa vía de la retrospectiva festivalera. Para el público en general, iniciativas como la de Filmax Home Video y sus ediciones de Maestros del Cine Japonés nos permitieron saber del más moderno entre los de antaño, del responsable de joyas del calibre de La madre (1952), La voz de la montaña (1954), Cuando una mujer sube la escalera (1960) o Nubes dispersas (1967).
De Ozu se conservan únicamente 33 de las 53 películas que filmó a partir de 1927 (es lo que tenían los bombardeos indiscriminados con artefactos incendiarios en los estertores de la Segunda Guerra Mundial). La mitad de su filmografía –esa definitivamente condenada al olvido- la rodó en los primeros cinco años de oficio.
Como me ocurre con algunos grandes pintores que no me gustan, lo que a Ozu jamás le negaré es su condición de único, de distinto, de anomalía atemporal. Seguiré viendo sus películas a pesar de que tan pocas sorpresas deparen a nivel argumental (a los diez minutos de comenzadas uno puede adelantar un posible desenlace que se asemejará bastante con el definitivo), a pesar de que me resulte prácticamente imposible acabarlas de una sola tacada (ver películas a partir de ciertas horas de la noche y sin el estado de ánimo apropiado es más bien contraproducente, como el intentar leer ciertos libros mientras uno viaja en el metropolitano).
Pásmense. Ayer me sorprendí a mí mismo paseando por el centro a media tarde, con la mirada traviesa del recién llegado. Me faltaba la cámara Nikon, la piel enrojecida y las sandalias con calcetines, pero compartía con ellos esa estúpida sonrisa que se nos dibuja cuando llegamos a sitios donde nunca habíamos estado antes (el quirófano de urgencias por aquella apendicitis no cuenta). Y créanme que no había nada excesivamente nuevo, que todavía puedo reconocer la mayoría de los lugares (a pesar de Richard Rogers y sus serviles vasallos de la consejería de urbanismo). Las calles eran las mismas donde tuve mi tardía educación sentimental, por donde me dejé arrastrar en mi adolescencia revenida, tan terriblemente centrada ella, sin traumas, camisas negras ni tachuelas. Ay, con lo arrebatador que hubiese sido el tener un pasado de artista torturado… mis biógrafos jamás me lo perdonarán.
El barcelonés tiene bien presente ese mapa de la ciudad de los servicios, de la tarjeta postal allenesca y del violinista en el tejado. Las terrazas en las que uno no debe de parar a tomar siquiera un cortado, por mayúscula que sea la necesidad que te impulse a buscar cobijo o taza de water. Los locales con banderitas del Reino Unido, Francia o Italia también son de temer: los menús en media docena de idiomas europeos son indicativo de don de lenguas, sí, pero también de un sobreprecio abusivo. Porque esto es Barcelona y… yes, we can.
Mi Barcelona a mediados de junio es un taxista discutiendo con otro delante de El Corte Inglés de plaza Catalunya. Es un garajista de palillo en boca recitando barbaridades al paso de una extranjera minifaldera. Es una gitana haciendo negocio con el tópico, disfrazada con el vestido de faralaes, esperpento de pandereta y fino La Ina. Es un pakistaní vendiendo cervezas cuando uno todavía está digiriendo el almuerzo; un senegalés con la mano en el cordel, presto a echarse el fardo al hombro y salir corriendo con sus Dolce & Gabbana de cinco euros. Barcelona a una semana de la noche del fuego y el petardazo es una merienda anticrisis que incluye zumo y ensaimada o chocolate con churros por tres cuarenta. Es un anarquista italiano trastabillándose consigo mismo, seguido por cuatro o cinco canes pulgosos. Un termómetro que se acerca a los treinta en Puerta del Ángel. Un grupo de jazz pretendiendo improvisar, dos chicos besándose al salir de un Zara, siete belgas que se gustan tras sus gafas oscuras, un mochilero que se quedó sin dinero y busca subvención en monedas de céntimo, pasquines de un afamado guitarrista que interpreta el Concierto de Aranjuez cada hora y media, un semáforo interminable y tiendas que cierran pasadas las diez.
A Roberto me acerqué con cautela, con las suspicacias habituales cuando interrumpo las lecturas importantes (que son siempre las de antes, lo siento) para intercalar a un autor contemporáneo. Lo reconozco: soy un necrófilo recalcitrante, cuyos ídolos llevan décadas enterrados… cuando no siglos. Y esta monomanía mía –a medio camino entre el pestilente elitismo y el snobismo, ¡justamente!, tan post-moderno él- me lleva a establecer continuamente malévolas comparaciones de las cuales –obvio es el decirlo- muy pocos de “los nuevos” salen airosos.
2666. Así, tal y como suena. Tan enigmático como los títulos de las películas de Lynch. Cuatro cifras, cuatro, que podían designar una cantidad, un año, un recuento. Con una terminación de esas que despierta la simpatía del Diablo y que aseguraba el surgimiento de una legión de exégetas dispuestos a bucear durante lustros por su obra anterior, inminente o todavía inédita, en pos de… una explicación. Es decir, una simplificación. Oh, ¡qué mal gusto!
‘La parte de Amalfitano’ es un melodrama de exilios y romances imposibles. Un argumento con el que Almodóvar podría hacer algo grande, por cierto. Un padre, una hija, miles de kilómetros de distancia. Cerca de la frontera, encima mismo del cementerio donde siguen enterrando a adolescentes, apenas niñas. La congoja crece, así como el absoluto convencimiento por parte del lector de que a nadie le importa un carajo.
Y para concluir, ‘La parte de Archimboldi’. Benno von Archimboldi, por supuesto. El autor que huye de sus libros, el centro neurálgico de la novela. Nos esperamos un Hannibal Lecter, un Keyser Söze escogido al azar de entre los sospechosos habituales. Debe de esconder un gran secreto. Debe de conocer, de tener la gracia. Es la clave de algo. De lo contrario… ¿qué he estado haciendo durante más de 1.100 páginas si no aguardar un desenlace espatarrante?
En Cuento de Navidad, la cada vez menos gélida Deneuve reúne a su prole en una de esas mistificadas fechas que sirven de coartada para intentar perdonarlo casi todo. Aunque sea un nieto el catalizador de este denostado reencuentro entre el núcleo duro de la familia (representado por Elizabeth, una primogénita rencorosa) y la oveja negra desterrada (Henri, un hijo bon vivant pero con complejo de culpa). Entre otros testigos más o menos mudos destacan el padre y un tercer hijo salvado de la locura por un amor compartido.
Still Walking, la otra propuesta de ‘drama indoor’, es más contenida, menos pirotécnica que su gemela Cuento de Navidad. Intimista, reposada… japonesa, vamos. De esas películas que un crítico en plantilla despacharía con un "igualico que Ozu, señores” (que ya son ganas de decir poco de una película de la que tanto se puede hablar.)
Historias, en definitiva, de esa gente a la que nos vemos atada de nacimiento, por real decreto, sin comerlo ni beberlo. Esa familia que cada cuál arrastra detrás suyo como buenamente puede, cordón umbilical que gira y se retuerce en torno a nuestro pasado, nuestro presente, nuestro lugar en el mundo.
